¡Una de chorizo pamplona!

Siempre he sido de salado, el dulce solo me atrae los días de tortura femenina mensual. Con la primera crisis de la enfermedad, al paralizarse toda la musculatura del cuerpo, no podía comer. Para que no muriera de inanición, me metieron un tubo que entraba por mi nariz hasta la boca de mi estómago, me ponían una especie de papilla con tan solo, en ese momento, sabor a chocolate o vainilla. Muchos pensaréis, ¡joder que rico!, nada más lejos de la realidad. Cuando te pasas todo el día con el regusto a ese sabor durante… dos meses, es muy desagradable. Todo te sabe a vainilla, el chocolate ni lo podía ver.

Creo que tenía obsesión por la comida, en la UCI le hice prometer a mi neuro que cuando pudiera comer me traería un bocata de jamón serrano, a todo el que pasaba le preguntaba que había comido o que iba a cenar, tengo escrito 20 veces ¡quiero comerme un cochinillo! OBSESIÓN MÁXIMA. 

En fin, cuando ya me habían subido a la planta de neuro, todas las noches se quedaba alguien conmigo porque no podía levantarme aún, hablaba más bien poco… y estaba en un momento en el que todos los días mi neurólogo se presentaba con 15 estudiantes para ver si podía tragar una bebida gaseosa con una pajita (¿a que no sabíais que es más difícil controlar los líquidos que los sólidos en nuestra garganta? ¿Y que con burbujas es peor? Pues ya sabéis algo más Jajajaja), por eso, a veces hasta me ahogaba con mi propia saliva y tenían que aspirarme lo que tuviera en la garganta. 

Una noche, estaba acompañada de mis padres, a mi querida madre le tocaba guardia esa noche. ¡Ay las madres, que haríamos sin ellas! Como no había cenado, me dijo que se hacía cualquier cosa y se lo comía en la habitación (yo no podía comer de nada pero el armario de mi habitación parecía una tienda de ultramarinos). Y de repente, ¡se saca un paquete de CHORIZO PAMPLONA recién cortado en la charcutería delante de mis narices! No hay cosa en este mundo que me guste más, esas medias lunas rellenas de chorizo pamplona… ay, ay, solo de pensarlo empiezo a salivar. 

Dejé de ser Miriam. ¿Os acordáis de “Lluvia de estrellas”? Esa noche Bertín Osborne vino a mi habitación e hizo la presentación; “Y aquí tenemos a Miriam, que esta noche se convertirá en Gollum (Mamá de Miriam, sal corriendo)”. 

Así que empezó mi alegato: -Mamá, esto no es justo y yo creo que deberías dejarme al menos olerlo de cerca. -Eso es peor Miriam, no te preocupes que me voy a comérmelo fuera. -Por fa mamá, acercármelo que solo lo huelo. -¡Pero solo olerlo! -En realidad mamá, olerlo que lamerlo… es lo mismo. Total, si tengo que probar a tragar, qué más da que vaya la saliva sola que con el sabor rico del chorizo…  -Eso sí que no, a ver si te va a pasar algo y luego verás qué problema.  -¡Mamaaaaaaaaaa, es mi tesoroooo! ¡Dámelo! ¡Dámelo! ¡Solo una!

Mi madre cedió a mi insistencia y me dio la preciada loncha de chorizo. Yo me abalancé y esa primera pasada fue un orgasmo gustativo imposible de describir.

Mis padres se reían, ahí estaba su hija de 28 años lamiendo una loncha de chorizo como si le fuera la vida en ello, y ¡JOODER!, nunca me ha sabido algo mejor que ese chorizo.

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