La boda de Miriam

Yo siempre digo que Miri y yo somos la noche y el día, pero tenemos muchísimas cosas en común y una de estas cosas es que las dos nos casamos el mismo año.

Poco después de mi último ataque, que ya dejó sensible a J hubo un acontecimiento muy trágico en nuestras vidas, perdimos a nuestro hermano de vida Pablo. Cuando Pableras se fue nuestro mundo se quedó patas arriba y yo que vi a Juanjo sufrir lo que no está escrito, desarrollé la necesidad de protegerlo y esto me llevó a tomar una decisión que jamás habría pensado que iba a tomar, casarme. Se lo conté a J y sorprendentemente él me dijo que le parecía buena idea, así que sin decir nada a nadie empezamos el papeleo.

Cuando llevaba un tiempo con los papeles en casa vino un día Miriam a verme, habíamos decidido que no se lo íbamos a contar a nadie así que guardé la carpeta con los documentos que siempre había tenido en el salón. Al poco de llegar Miri me dice “Te tengo que contar algo” esa frase a nuestra edad puede significar:

  • Bebé a la vista.
  • Boda a la vista.
  • Cuernos a la vista.

Cuando me dijo que era la boda respiré tranquila, pero el alivio duró poco. Tenía delante mío a una amiga del alma que me estaba dando la exclusiva de que se casaba en plan “Será algo muy íntimo pero para mí es importante que tú lo sepas” y ahí estaba yo con los papeles de Panamá escondidos, me sentí como una rata miserable. 

En resumidas cuentas le enseñé los papeles que tenía que pedir, me casé, se casó y esta es la historia de su celebración.

En resumidas cuentas le enseñé los papeles que tenía que pedir, me casé, se casó y esta es la historia de su celebración. El día de autos Miriam estaba de los nervios y yo estaba de súper subidón. Así que la peiné, le hice fotos, decoramos, luego bailamos, comimos, nos reímos hasta reventar y en un momento determinado la fiesta llegaba a su fin.

Miriam y yo tenemos una amiga en común llamada Lidia, y ella se iba ya cuando decidí acompañarla a su coche para estar un rato con ella a solas. Recuerdo PERFECTAMENTE que cuando Lidi se despedía, yo estaba sentada en una hamaca al lado de Juanjo y le dije “Voy a acompañar a Lidia y me fumo un cigarro con ella”. Eso en mi pueblo significa “Me voy con mi amiga, ya si eso nos vemos cuando acabemos de poner el mundo del revés y luego lo dejemos en su sitio”. Pero Juanjo, como se demostró después, vive en un universo paralelo al mío.

Agarré el tabaco y salí por la puerta del jardín con Lidia, estábamos en una urbanización sin asfaltado, ni alumbrado ni nada que recordase remotamente a la civilización. Nos pusimos a bordear la casa ya que Lidia había tenido que aparcar en la parte de atrás, llegamos a su furgo y nos sentamos allí a fumar y a hablar de la vida como tantas noches.

Nos despedimos al terminar el cigarro, ella arrancó, se fue y yo me dirigí de nuevo a la fiesta. 

Cuando había recorrido la mitad del camino, osea CIEN PUTOS METROS, me encuentro a Bea (Quedaos con este nombre para el futuro) que se iba en su furgo “Hostia Pal, estás aquí, vuelve ya que te espera una buena”. Yo pensé que el padrino ya borracho se habría caído a la piscina, que algún colega borracho se habría caído a la piscina o que J borracho se habría caído a la piscina… pero no.

Estaba ya a cinco metros de la puerta, recordemos que era de noche en un sitio sin urbanizar y que era una boda de escaladores, cuando la puerta se abre de par en par y aparecen unas ocho personas con linternas frontales en la cabeza. Entre ellos había un tipo que es sanitario gritando “¡Vosotros id por esa calle de la izquierda y nosotros iremos por la de la derecha!”.  

FLIPÉ, ¿Qué podía haber pasado en 20 minutos?.

En plena oscuridad y en medio del revuelo le digo “Oye ¿Qué ha pasado?” y me suelta el colega “Estamos buscando a Paloma.”

¿HOLA? YO SOY PALOMA.  

Y va el menda, se da la vuelta y sube los brazos mientras grita “¡LA HEMOS ENCONTRADO!” 

Yo no daba crédito, entre los ocho mineros del bosque aparece J hecho una furia, detrás de él aparece Miriam, con su vestidazo largo, hecha una furia y detrás estaba Juanito que  con la emoción de la fiesta seguía cinco horas después sin poder liarse el cigarro él solo.

– ¡¿Dónde te habías metido?! – He ido a acompañar a Lidia. – ¡¿Por qué no has dicho nada?! – Lo he dicho. – ¡Estábamos súper preocupados! ¡Pensábamos que estarías muerta! ¡En una cuneta! – Si aquí no hay ni cunetas… ¿Y por qué iba a estar muerta?!

¿Adivináis la respuesta? 

– PORQUE ERES EPILÉPTICA. 

Así que ya sabéis amigos, si veis a un epiléptico no le dejéis acercarse a una cuneta, parece ser que tendemos a morirnos.  Ah, y si le veis mañana (24 de Mayo) felicitadle que es el día nacional de la epilepsia, ¡A ver qué me regaláis! 

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