Marrakech

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Todos y cada uno de nosotros vivimos con miedos que a lo largo de nuestra vida se van transformando o conseguimos que desaparezcan. Forman parte de nuestro día a día, a veces nos ayudan a no precipitarnos, y otras, nos paralizan.

Con la fractura de mi pierna fueron surgiendo miedos que he tenido que ir trabajando y todo ello ha sido otro gran aprendizaje en mi vida (ya os contaré este capítulo más tranquilamente). He pasado por once operaciones y muchas montañas rusas a lo largo de 6 años, que me han servido para cambiar mi manera de ver la vida y vivirla tal y como me viene. Aunque eso no quite que de vez en cuando la desesperación se apodere de mí y me convierta (como dice mi amiga Belén) en una hidra.

Marrakech fue el segundo viaje para Paloma y para mí, junto con Lidi y Maria. Digamos que si yo soy más cauta, más miedosa (a veces en exceso), Paloma y Lidi van más libres de miedos y María… Maria vive en otro mundo. En ese momento, llevaba 3 años más o menos con la pierna averiada y llevaba una especie de escayola de plástico y una muleta.

A los que no conocéis esta preciosa ciudad, os daré tres apuntes para que tengáis en cuenta lo que os voy a contar; el primero es que Marrakech es una especie de laberinto con calles muy, muy estrechas y paredes muy altas, que todas son iguales y orientarse resulta complejo si no prestas atención. El segundo apunte es que durante el día hay una cantidad de gente por las calles impresionante, pero por la noche es un desierto. Y el último es que nos habían advertido sobre andar de noche por la ciudad en varios sitios, uno de ellos, el Riad donde nos alojábamos.

Y ahí llegábamos nosotras del aeropuerto, de noche, caminando por esas callejuelas desiertas, en algún que otro momento agachándonos para atravesar pasadizos… y de repente, ¡ZAS!, el miedo se apoderó de mí. Sentí que si algo ocurría, no iba a poder correr, por ejemplo, o defenderme como me gustaría, acabábamos de llegar y nos quedaban 3 días por delante. Esa noche en el Riad intenté disimuladamente hablar con las chicas y establecer ciertas pautas como volver al anochecer al Riad, tener una palabra clave, no meternos por cualquier sitio, no separarnos, cosa que Maria no pareció escuchar…

El primer día fue fenomenal, y el segundo nos vinimos arriba y aunque perdimos a Maria en varias ocasiones, decidimos quedarnos a cenar en la plaza y participar en algunos juegos. Cuando nos dimos cuenta, se había hecho un poco tarde, pero nos jaleamos las unas a las otras con frases como “NO PASA NADA” ” NOS SABEMOS EL CAMINO” ” NO ESTÁ TAN LEJOS” ” VENGA, DERECHAS EH”.

Nos encaminamos hacia el Riad, pero a pesar de los miles de giros que dábamos por las calles, siempre teníamos a un señor detrás de nosotras y yo comencé a decirme a mi misma que era una histérica. El problema vino cuando Paloma también se dio cuenta y subió el ritmo de la caminata. En ese momento, cuando subí la mirada al frente, vi que estaba un poco lejos de ellas y pegué un grito. Me puse la primera (para que no fueran más rápido que la coja) y continuamos marcha hasta que nos dimos cuenta que el último giro era el de nuestro riad y no queríamos hacerlo con alguien detrás. Imaginaros a cuatro tipas andando como si les hubieran metido un petardo en el culo y de repente, una de ellas grita ¡TORTUGA! (nuestra palabra clave) y las cuatro se tiran a la pared como si un imán las hubiera absorbido, y al mirarlas tienen cara de…, un momento, esto hay que hacerlo una por una.

Paloma tenía cara de “Hijo de… como te pares, ¡te arrepentirás!”, rollo Los Vengadores. Lidi era más “Buah, te reviento como te atrevas”, con los labios apretados y la mirada cruzada. Maria directamente levantó esos brazos que son más grandes que nuestras cabezas, en posición de…”Te los vas a comer”. Y yo en plan “Me quedo sin muleta porque la estampo contra tu cabeza”.

El tipo paso por nuestro lado mirándonos un poco extrañado y continuó su marcha. Nosotras todavía tardamos un poco más en hacerlo, hasta que nos miramos y empezamos a reír por la situación. Parecíamos los romanos de Asterix y Obelix, “Formación Tortuga”, aunque más que tortuga, hicimos serpiente o algo parecido.

A veces, como dije antes, los miedos te paralizan, pero en este caso, los niveles de adrenalina nos subieron tanto que hubiéramos tenido una lucha cuerpo a cuerpo con quien se nos pusiera por delante. Y la verdad, creo que la sugestión, sobretodo a mí, nos jugó una mala pasada, pero cuando tienes un hándicap, es difícil no dejarse llevar por ese miedo. La ciudad es maravillosa y el ambiente, también. Volvería sin dudarlo.

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