La migraña y la niña del exorcista

Para ser sincera no recuerdo exactamente cuándo empezaron las migrañas, creo que tuve algún capítulo antes, pero las que empiezo a recordar mejor son las que aparecieron en mis años de universidad. Y como la epilepsia despertó en segundo de carrera, siempre lo he relacionado.

Durante años las migrañas fueron llevaderas, no es que la intensidad del dolor fuese leve, es que eran espaciadas y qué son 4 migrañas al año, nada.

Pero hace unos años el tema empezó a ir a más y más y llegué a anotar, en mi calendario de migrañas, hasta cinco episodios en un mes. Recuerdo un agosto que fue demoledor, y también recuerdo una noche de otoño en la que ya no quería ni vivir, y no lo digo en plan dramático-depresivo-suicida, lo digo porque literalmente llegué a pensar que si me diesen a elegir entre una pastilla que me quitase el dolor automáticamente y otra que acabase con todos los dolores, no lo habría dudado. La situación empezaba a ser insostenible y empecé a preocuparme, porque pensaba que eso no podían ser sólo migrañas. Cuando convives a diario con un grado alto de dolor, la depresión se sienta a los pies de tu cama esperando a que le entregues la armas.

Muchos todavía no me conocéis pero si hay algo que siempre digo es que soy una privilegiada. Tengo la suerte de tener una familia que siempre está ahí sosteniéndo mi cordura y apoyándome incondicionalmente, y con el tema migraña se volvieron locos.

Todo el mundo de mi entorno miró cosas, que si un pendiente, que si un tratamiento, unas hierbas, un horario de sueño determinado, “Podemos ir a una clínica especializada en Wichismundi”… yo unos días no quería nada, no creía en nada, estaba medio resignada medio hasta las narices, y otros días, en los que me pillaban de mejor humor, probaba cosas.

Empecé con cositas tipo ir a buscar unas pastillas de matricaria a un herbolario y acabé yendo a Marruecos a que una señora francesa me diese un masaje. Seh, yo no creo en los milagros, pero cuando estás desesperado si lo único que te queda es ir a Lourdes o en este caso a Marrakech, vas.

Ni que decir tiene que nada de esto funcionó, pero también os digo que me entretuvo y algunas cosas funcionaron un poco durante unos meses. Y sobretodo, nos alivió un poco la sensación de impotencia, así que lo doy por tiempo bien empleado.

Hay una cosa que no os he contado, y es que nunca me llevé bien con las drogas, nunca me hicieron ni maldita gracia, así que nunca me he drogado de joven.

Un día una amiga que había pasado por un cáncer me dijo “Pal, ¿Has probado la maría?”, lo primero que pensé fue que lo me faltaba en ese momento era salir a la calle a pillar droga. No, ni había probado la marihuana ni pensaba aprender a liar porros a la vejez viruelas. Pero mi amiga me dijo “Inténtalo, piensa que por lo menos tú ya eres fumadora, yo tuve que aprender con 30 años”.

Archivé esa información en mi cerebro tullido y seguí con mi vida, pero una noche el nivel de dolor me empezaba a recordar a ese día de otoño en el que me quería morir. Sólo llevaba unas horas y sabía que el dolor todavía tenía que subir más y después me acompañaría como poco 30 horas. Tenía que hacer algo, así que llamé a mi chico y le dije “Necesito dos cosas, una que me vengas a buscar al curro, lo otro es que me consigas un porro.”

La primera vez que fumé en mi vida fue efectiva, lo primero que noté es que las nauseas se me cortaban, luego el dolor se concentró en un punto y fue desapareciendo hasta que me quedé dormida. Lo habíamos conseguido, si eso funcionaba sería tan sencillo como cuidar una planta y fumármela en fascículos.

Lo que no sabía yo en ese momento es que esa familia de plantas es tan variada y que no todas te sientan igual.

Una noche de verano yo estaba trabajando con dolor, era camarera en una terraza de verano y autónoma, no podía no trabajar esa noche, pero no pasaba nada porque cuando uno está concentrado a tope no es que la migraña te respete, es que está en un grado manejable porque los nervios se ponen al mando. ¿Y qué pasaba cuando la terraza ya estaba controlada? pues que entonces pagaba el precio de esas tres horas de levedad. Era como si el dolor fluyese como un río y se hubiese ido acumulando en una presa, y en un momento dado reventase. Es como un latigazo o un hachazo pero mantenido, es un dolor indescriptible, había veces que me tenía que sentar en el suelo.

Entonces yo andaba terminando el turno de cenas cuando me acerqué a unos clientes para preguntarles si querían postre y empecé a no poder hablar, salí corriendo y les dejé ahí. Me fui a la parte de atrás y por el camino pillé mi móvil y llamé a Juanjo, sólo le pude decir “Ven” lo siguiente que recuerdo es ver cómo la mano se me abría y se me cayó el móvil.

J vino a buscarme y me preguntó si quería fumar, le dije que sí y él se puso a llamar a gente y al final apareció con un poco de maría. Aquí tengo que explicar que ese verano decidimos reformar el baño y que… básicamente no había baño. Así que yo estaba en mi terraza sentada en el suelo, que para algo es el sitio más estable, con una bolsa por si vomitaba y esperando mi “medicina”. J y yo éramos un show, él daba vueltas alrededor mío nervioso y me hacía preguntas tipo “¿Cuánta maría meto? ¿Cuál será el porcentaje óptimo? ¿Será que te la tienes que fumar sola?” mi humor depresivo sólo pensaba “¡Dame el porro, gilipollas!”, mientras mis náuseas no daban tregua. Entonces va y me da el cigarro, y yo toda temblorosa lo enciendo y le doy unas caladas. S# P#T@ M@)R€. ¿Habéis visto La niña del exorcista? Mira, no daba a basto entre vomitar a chorros y descojonarme, y todo esto tirada por el suelo, literalmente. J intentaba quitarme el porro, quitarme la bolsa… yo le veía que se debatía entre las risas por la situación, la preocupación por mí y el asco en general. “Dame la bolsa” y yo aferrada a mi bolsa llena de pota muerta de risa mientras pensaba “Por esto fuma la gente”, “Mierda, no se va el dolor”, “Un avióóóón”.

Todavía no sé cómo encauzó la situación J, no sé cómo se apoderó de la bolsa, ni cómo me levantó del suelo, ni cómo me metió en la cama. Si sé que me escapé y que me pilló en la cocina rodeada de gofres de azúcar y yogures vacíos.

Al final con el tiempo el neurólogo dio con la medicación que me controla las migrañas y aunque no puedo tomar toda la dosis que necesito para eliminarlas, por la epilepsia, mi vida cambió de manera radical. Eso si, os diré que ahora no soporto ni el olor a Marihuana ni los actimel.

Un comentario sobre “La migraña y la niña del exorcista

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  1. Enhorabuena por el relato, y el derroche de buen humor. Tengo un compañero que padece migrañas que le llevan a perder el conocimiento. Dicen que la maría puede aliviar muchas cosas, pero como cualquier sustancia tiene sus efectos secundario y contraindicaciones.
    Ánimo con el blog.

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