Los tres mosqueteros

Yo no sé si es la edad o que cada vez tenemos más cosas malas a nuestro alrededor que nos dejan los cuerpos hechos una pena pero la verdad es que hasta que no empecé el blog no me di cuenta de la cantidad de gente que tengo a mi alrededor con alguna tara aunque sea mínima.

¿Conocéis los chistes estos que empiezan con… “Esto va un inglés, un alemán y un español”? Pues lo nuestro es un Esclerótico, una Miasténica y una Epiléptica. Presentaciones:

El Esclerótico: es un máquina. Siempre tiene una sonrisa en la cara, la Virgen del Rocio en el pecho y buenas palabras para cada momento. Trata de ser lo más positivo que se puede siempre porque dice “La actitud hace mucho Prima”. Físicamente, aunque está más fuerte que el vinagre, tiene afectadas ciertas partes, una de sus piernas la lleva un poco a rastras, la sensibilidad de las manos es regular y si cierra los ojos se cae redondo al suelo, así que por la noche no se levanta ni a mear por si… Pero ahí está, hay días que le preguntas que tal y te contesta con un “De puta madre prima”, pues venga.

La Epiléptica: a esta si la conocéis bien, es Paloma. La que cuando algún día la llamas, te contesta con una voz de ultratumba y sabes que está tumbada en la cama con su antifaz rosa de satén, las persianas de la habitación bajadas hasta el infinito y más allá y su mesilla parece más un dispensario de la farmacia que una mesilla de noche. A esta directamente ni la pregunto como está porque solo con ver la actividad en sus redes sociales lo sé.

Y yo, que ya sabéis que tengo un don para convertir las cosas más simples en una gran historia. Esta es la historia de una simple tos.

Y lo que ocurrió fue lo siguiente. Como añadido a todo lo que me está pasando, pillé un trancazo de los que recuerdas, esos en los que la tos no para en ningún momento y no te deja beber, comer, hablar, dormir, pero si que se te escape el pis de la fuerza, en fin… Épico. Os recuerdo para aquellos que lo estén pensando, que prácticamente todos los jarabes para la tos no puedo tomarlos. Eso si, mi cocina parecía la de una druida con tanta hierba y cacerolas llenas de hierbajos.

Después de varios días con la tos, empecé a notar un dolor en el costado pero como estoy tan hasta el higo de ir al médico me dije a mi misma que eso no era nada. Hasta que al levantarme un día no pude ponerme derecha del dolor tan grande que sentía. Esa mañana venía a verme uno de los del equipo, el Esclerótico y le sorprendí con una excursión.

Nos fuimos al centro de salud, ilusa de mi creyendo que allí me iban a solucionar el problema sin querer ver que juego en otra liga y que los catarros que se curan con pastillas de chupar, los míos son de neumonía y bombonas de oxígeno. Así que la siguiente parada fue la sala de urgencias del hospital.

Pero nosotros no entramos de cualquier manera al hospital, nosotros lo hacemos con clase, como cuando entras a la discoteca más molona y te conocen. Somos VIP. Cuando entras lanzas la tarjeta y empiezas tu discurso, ya sabes lo que tienes y lo que no tienes que decir, la cara se transforma, levantas una ceja más que la otra, tuerces el labio y te dispones a “¡Eh! ¿Qué pasa? ¿Estás de turno? Ahora nos vemos por aquí, …” Porque aunque no sea tu hospital y no les conozcas, antes que preguntarte, van a pensar que eres de allí y el trato ya no es igual. Así que pasas al control y ya te pones a funcionar, lanzas el brazo para la pulserita, abres el ala para el termómetro, te remangas la ropa para la tensión, si tomo medicación, no soy alérgica a nada pero tengo miastenia…

Y una vez pasados todos los controles, te sientas a esperar. El Esclerótico con su buena predisposición no paraba de animarme “Primita, no te preocupes porque esto es un resfriado pero en cuanto saben que tienes una de las nuestras, se cagan.” Efectivamente al decirle que tenía miastenia y que no estaba asintomática poco más que el médico me dijo que porque no me iba a otro hospital, pero contuvo las ganas y, eso si, me invito a pasar a una cama cuando lo que en realidad me estaba diciendo es ” ¿Mias… qué? eso era chungo, ¿no? ¡Google salvame!”

Al decirle a la enfermera que si podía entrar mi acompañante y me preguntó su nombre es cuando me di cuenta que ni siquiera sabía su nombre, solo su mote… Vengaaaa. “Usted diga familiares de Miriam y ¡Viva la Virgen del Rocio! y ya se levantará alguien”.

Al entrar me miraba y se reía. “Pero Prima, que no hemos venido a quedarnos y tú ya estas con el camisón. ¡Ay madre! ¡Que mala suerte Prima!” La verdad es que no podíamos parar de reírnos, lo que no ayudaba a mi tos. Pero él seguía “En nuestros hospitales ni cuando te estas muriendo te dan cama. ¿Y has visto que cama? Este hospital está nuevo. Uy pero si tienen hasta lavabo en el box. ¡Prima, habitación individual! No te has visto en otra…”

Somos el Trip Advisor hospitalario, preguntadnos lo que queráis.

En mitad de todo esto me escribe la otra pieza del equipo: – Epiléptica: “¿Qué haces? ¿Cómo estas? – Miasténica: “En el hospital. Posible neumonía imprevista. ¿Te unes?”
– Epiléptica: “Voy para allá. Lo llevo todo” Tú sabes esa frase de “¿Si tu me dices ven, lo dejo todo?” Esa es ella. Si es que no hay nada como echar la tarde en Urgencias del hospital… No podemos resistirnos.

Ocurría que el Esclerótico tenía que tomarse una pastilla que no llevaba así que alguien tenía que hacer el cambio. Y llegó la Epiléptica con el kit completo, comida para todo el hospital que por supuesto no me dejaron comer, bolsa de manualidades (tablet, lanas, agujas, rotus…) y zapatillas de andar por casa. ¡Ojo! que me trajo unas zapatillas de tacón y chancleta, eso si, a juego con el camisón pero… a la que tiene pie equino y ni chancla ni tacón.

Después de que el médico consultara Google y unas cuantas pruebas de tortura china, descartaron la neumonía. Antibiótico y marchamos para casa.

La cosa es que cada uno con sus fuerzas ahí estábamos a pesar de ser un caldo de cultivo perfecto para cualquier bicho. Al Esclerótico que le pasa como a mi, el sistema inmune está caído, se fue tan tranquilo y a la Epiléptica, que se supone que tiene el mejor sistema inmune, terminé pegándole el resfriado. ¿Y lo bonito qué es compartir? Unas veces tú, otras veces yo, unas veces te mando yo la mierda, otras veces me la mandas tú.

Y al final, ahí estas para lo que sea. Hay momentos en los que eres pilar y otras escombro y nos vamos turnando. Vivir estos momentos con ellos que los conocen exactamente como tú es un plus que no mucha gente tiene. Se viven de otra forma y como véis tengo un equipazo a mi alrededor.

Agradezco cada día lo que me aportan y me ayudan a afrontar lo que tengo y lo que me venga. Somos el Dream team perfecto.

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