Invitados especiales: María

Hoy estamos muy contentas porque estrenamos sección. Esperamos que esta sea una de las muchas entradas que nos muestren historias y nos acerquen a vosotros y a la realidad de la vida.

María Hernández Martí es una escritora de las Palmas, autora de varios libros entre los que se encuentra “Que no, que no me muero” una historia ilustrada por Javi de Castro. Es una lectura realista, sin paños calientes, con su tono de humor inconfundible, y que merece muchísimo la pena leer.

Vosotros conocéis a María por el apodo de Lagartija, ella es una más de mi familia y ahora vais a conocer su historia.

El unicornio gafe

Según se mire mi caso, yo reboso suerte y arco iris como un pony-unicornio o soy más gafe que el Coyote del Correcaminos. Después de vivir treinta y tantos años llena de salud, tiempos en los que me preocupaba porque me sobraba energía y no sabía bien qué hacer con ella, tuve cáncer dos veces en cuatro años (dos tumores distintos e independientes, uno de mama y otro en el cerebro), probé la quimioterapia, la radioterapia, la terapia hormonal, la inmunoterapia, muchas cirugías, rehabilitación… Y me quedaron montones de secuelas que me convierten en enferma crónica (con paguita). Ahora tomo montañas de medicinas carísimas, y sus efectos secundarios me dejan lacia y agotada, y echo de menos las fuerzas que antes echaba de más, pero bueno, estoy viva y puedo hacer casi de todo (aunque más despacio y con bastante más esfuerzo que antes). Digo casi porque bucear no puedo, y era lo segundo que más me gustaba del mundo. Lo que más me gusta del mundo es leer y eso sí puedo. Y caminar (momento pony-unicornio). 

La epilepsia es una de mis secuelas-estrella. Mis crisis epilépticas no son generalizadas; no me quedo inconsciente ni me caigo al suelo, simplemente la mitad izquierda de la cara se me mueve sola (son unos movimientos muy bruscos, como si me estuviera partiendo un rayo o me electrocutara, que es justo lo que le pasa a un trozo de mi cerebro, pobre, ahí peleándose con sus descargas eléctricas anómalas), y a veces también se me duerme una mano o un brazo o una pierna. Tardo un rato en ser capaz de hablar y estar más o menos normal (normal y cansada como si hubiera estado picando piedra). A veces veo venir las crisis con tiempo y puedo irme y sentarme sola y tranquila. Otras veces no y la crisis me coge por sorpresa y estoy en la calle o en una tienda o una biblioteca y los desconocidos me ven poner unas caras asimétricas rarísimas y creen que me está dando un ictus y que hay que llamar a una ambulancia. Y como en el momento no puedo hablar ni dejar la cara quieta es un numerazo todo. Y si viene la ambulancia y le tengo que explicar la historia a otro grupo de desconocidos paso vergüenza (absurdamente). Y hoy en concreto estoy resfriada y no puedo tomar ninguna de las cosas que usa la gente sana para despejarse la nariz y la cabeza de la avalancha de mocos correspondiente, porque la mayoría de esas medicinas (que según la tele no sólo te alivian el resfriado sino que te impulsan a salir con tu canoa a remar río arriba o te dan ideas para fabricarle un disfraz locamente creativo a tu hija) interfieren con los antiepilépticos. Esto es bastante Coyote. Pero pasará, como todo lo demás. No debo tomar alcohol, ni otras drogas, ni quedarme despierta toda la noche. Por suerte ya tengo una edad y me dan pereza casi todas estas cosas, excepto el vino, el vermut, la cerveza… Pero me aguanto. Hubo un neurólogo que quiso quitarme el café, pero hasta ahí podíamos llegar. Si hay momentos en los que me cuesta salir de la cama CON café, imagínate sin. A ellos nunca se les ocurre quitarte las coles de Bruselas o prohibirte que pongas lavadoras o que limpies los cristales.

Lo más Coyote de todo para mí es la salud mental. Buena parte de las medicinas que tomo producen síntomas de depresión, y además cuando has tenido cáncer siempre existe la posibilidad de recaer, y te hacen controles regularmente, y eso da miedo. Yo no suelo expresarlo, y por lo visto desde fuera se me ve fuerte, pero claro que paso miedo. Y con esto de la salud mental me manejo regular tirando a mal. Aunque ahora lo llevo mejor que al principio, que no entendía nada de lo que me pasaba. Las psiquiatras y psicólogas pueden ser muy eficaces y enseñarte cosas útiles, y ya es hora de que liberemos a los problemas de salud mental del estigma que arrastran. Si cojo una mononucleosis o me rompo una pierna nadie me mira raro, pero si tengo depresión o ansiedad, que son cosas mucho más frecuentes de lo que  parece (sí, en nuestro entorno también, todo el mundo tiende a disimular mientras puede), ya parece que estoy para que me encierren o que soy una tarada peligrosa sin remedio. Tarada sí, pero peligrosa no, y ya he tenido remedio varias veces.   

4 comentarios sobre “Invitados especiales: María

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