La resiliencia y sus derivados.

La miastenia me tiene agotada, y no es un síntoma, sino mentalmente. En principio, los neuros te dicen que en algún momento se estabilizará y volverás a lo de antes. Que viene a ser como el Covid, la nueva normalidad, me parto, me mondo y me espachurro. Que no me nombre la desescalada el neuro con respecto a la enfermedad… porque no respondo de mis actos.

Hace casi dos años que comencé con este último brote, que es como cuando voy a un bar con mi amiga y pedimos la penúltima. Y creo que en todo este tiempo si hago un balance podría decir que empecé midiendo el bienestar en semanas, luego pase a hacerlo en días, más adelante en horas, y terminé por pasarme a los ratejos, que son más agradecidos. Y es que la posibilidad de vivir así de aquí en adelante empieza a caer sobre mi cabeza como un bloque de hormigón.

Y es duro, porque hay una parte de mi que se aferra a las palabras de los médicos y a todas esas frases de mierda como, “Toda realidad comienza siendo un sueño”, ¡Que me pongan al que dijo eso delante!, más bien es una “pesadilla”. O, esta es muy buena, “Hacen falta días malos para darte cuenta de los bonitos”, no os digo donde me meto yo la wonderfelicidad algunos días.

La realidad es que llega un momento en el que no puedo soportar esa incertidumbre diaria y considero más sano el replantear mi vida con la enfermedad tal y como estoy en este momento y poner certeza a mi vida, proponiéndome objetivos adaptados y reales a ello.

Aquí es cuando se abre el telón y aparece esa palabra que últimamente escuchamos tanto en estos días, RESILIENCIA, que además de impronunciable, es jodidamente difícil de llevar a cabo. Porque más que “resilir”, yo lo que quiero es resistirme y seguir tirando hacía el otro lado. Al final todos los enfermos crónicos conocemos bien este concepto, lo que implica y en algún punto del proceso tenemos que pararnos en ella para, simplemente, vivir más tranquilos sin hacernos daño.

Una cosa, ¿Alguna palabra más fácil que al escucharlo no se me quede cara de gilipollas? Acepto sugerencias. Y es que existen tantas formas de afrontarlo y todas son tan válidas. Porque el hecho de ser una enferma cada día es una batalla pero no una cualquiera. Están las batallas con mi cuerpo y con mi mente, muy distintas.

Las del cuerpo son un tipo Gila, si si. Amanezco debajo del edredón y pillo el teléfono:

Yo: ¿Hola? ¿Es el enemigo? ¿Ustedes podrían parar la guerra un momento?

Cuerpo: ¿Qué quieres?

Yo: Verá, ¿me podrían decir a qué hora van a parar y así me organizo un poco el día?

Cuerpo: No vamos a parar.

Yo: Ya… es que quería darme una ducha, que como dicen en mi pueblo, ya huelo a choto.

Y la mental… ¡ay la mental! Esa viene a mi como una maraña de hilos que tengo que desenredar para convertirlo en un maravilloso mapa conceptual, lleno de flechas y colores que no sé ni por donde cogerlo.

En fluorescente me aparece lo más jodido para que lo vea bien. Me siento inútil e improductiva, y, además, alejada de la vida social… Aunque pensando en este último punto, ni tan mal porque viendo lo visto, yo me quedo en casa. Me hago la pregunta claro, ¿Por qué me siento así?, y todo se reduce a que no puedo trabajar o hacer una vida “normal” porque estoy enferma y no quiero estar enferma, pero, ¿y si en vez de centrarme en lo que no puedo hacer, me quiebro un poco la cabeza, que tiempo tengo, y pienso en lo que sí puedo hacer?

Ya sé que esto último es un poco wonderfelicidad, pero había que compensar un poco y tener para todos.

Ahí esta el tema chicuelos. Ale, pensar un poco y me contáis ¡eh! Que nooooooo. Bueno, o sí, porque es en el momento en el que estoy, en el de tratar de colocarme y ver de verdad lo que tengo a mi alrededor, que es mucho y me lo estoy perdiendo.

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